Sus cenizas serán exparcidas por el Cabo de Gata, su ejemplo nos acompañará siempre.


Se comprometió con su tiempo y lo hizo hasta sus últimas consecuencias.

Los panegíricos abundan una vez que sus cenizas se preparan para ser esparcidas por el Parque Natural de Cabo de Gata. Todos alaban su carrera como actor. Algunos diarios hasta mencionan su recalcitrante militancia trostkista como una muestra de su loable compromiso social. Pero no he leído ningún artículo que invite a intentar comprender el carácter de su compromiso, tan lejano de la izquierda posibilista, esa a la que finalmente tantos hemos acabado diciendo “que no nos representan, que no, que no , que no”

Jordi Dauder se quedó entre los “minoritarios”, los “radicales”, los que tienen claro que el sistema capitalista no se va a dejar reformar, y que su continuidad hace inviable el futuro de la humanidad dentro de este planeta. Estaba entre los que no quisieron cerrar los ojos ante aquel horror que se vivió en lo que sus correligionarios llamaban los “estados obreros burocráticamente degenerados”. Se quedó con los perseguidos a un lado y otro del muro de Berlín, porque pensaba que ese mundo posible al que él aspiraba no era el de los especuladores, explotadores y banqueros, ni el de los burócratas que amordazaban y reprimían a su propio pueblo.

En sus últimos días se le veía radiante en su silla de ruedas apoyando y debatiendo en la acampada de Sol. Porque allí resonaban las voces que expresaban lo que el siempre sostuvo (“le llaman Democracia y no lo es”). La insubordinación ciudadana que comenzó el 15 de Mayo fue para él un bálsamo que aliviaba su cáncer terminal. La historia parecía darle la razón al final de sus días.

Como el siempre pensó, el Capitalismo lleva a la humanidad a un mundo inviable en el que los pobres son cada vez más numerosos, para saciar la insaciable avaricia de unos pocos. Los reformadores, los que decían que querían modificar el sistema desde dentro, finalmente han sido cambiados por el sistema, y ahora son marionetas en manos de los que un día fueron sus enemigos de clase. Han pasado de aspirar a un “capitalismo con rostro humano” a gestionar un neoliberalismo a cara de perro.

La indignación es la energía que está empujando por una nueva senda a las aspiraciones de transformación social de millones de personas. Un camino radicalmente diferente al que las izquierdas mayoritarias del siglo XX, solían invitarnos a transitar. Seguro que será una vía en la que Jordi Dauder hubiese caminado a gusto.

Nuestro saludo a un actor y revolucionario que no creyó que ser “minoritario” fuese una minusvalía en un mundo y una izquierda mayoritariamente abocada al fracaso.

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