La Humanidad en una difícil encrucijada histórica.

“Socialismo o barbarie” aseveró Carlos Marx refiriéndose a lo que nos depararía el futuro de la humanidad, como colofón a su análisis materialista de los procesos sociales que se desarrollaban en la segunda mitad del Siglo XIX. A principio del Siglo XXI el dilema parece decantarse al lado de la barbarie. Por goleada.

El Futuro

Y es que el Socialismo, y la clase social encargada de impulsarnos hacia él, han sufrido una derrota estratégica de la que va a resultar difícil recuperarse, si es que llegamos a hacerlo. La organización de los trabajadores bajo una conciencia clara de transformación de la sociedad parece ya cosa del pasado. El engendro burocrático nacido de los intentos revolucionarios del siglo XX no es ningún referente como atractivo que alguien se atreva hoy a defender. Las organizaciones que se reclaman del marxismo, en todas sus variedades, han sido incapaces de analizar con lucidez, al modo marxista, los motivos que condujeron al abismo burocrático y autoritario a todas las experiencias provisionalmente triunfantes de ruptura con el capitalismo que se llevaron a cabo en la pasada centuria. Como consecuencia, los restos del naufragio marxista-leninista, en todas sus variedades, marchan a la deriva, en una agonía final que no parece vaya a ser larga. Las otras opciones revolucionarias no han sabido o podido tomar el relevo. Los derrotados de ayer en el movimiento obrero, anarquistas o trostkistas, lejos de salir reforzados del naufragio de sus verdugos estalinistas, siguen inmersos en su marginalidad, sin apenas capacidad para incidir en la realidad de manera significativa. Por su parte el llamado “movimiento antiglobalización” es por ahora un conglomerado polimorfo, sin proyecto social concreto. Su razón de ser es más reactiva que proactiva. Crece y se potencia en los momentos de las grandes batallas de resistencia ante las exageraciones abusivas del sistema, como invasiones, guerras o desastres ecológicos, pero es por ahora incapaz de articular un proyecto social alternativo y una estrategia organizativa y de lucha capaz de poner en riesgo la supervivencia del sistema capitalista.

En el ámbito social, las conquistas laborales y asistenciales del siglo XX están siendo dilapidadas a gran velocidad. La caída del Muro de Berlín, fue la firma de del certificado de defunción del movimiento obrero que aprovechó el capital para iniciar una redefinición de los parámetros de distribución de la riqueza, sin las cortapisas y miramientos que el anterior equilibrio de fuerzas le imponía. Para ello se ha apoyado en la globalización del mercado laboral, en sus formas de deslocalización de empresas y permeabilidad de las fronteras propias a la mano de obra del tercer mundo, para doblegar la resistencia de los trabajadores nacionales, que se ven obligados a competir con sus compañeros de clase más pobres, vendiendo su fuerza de trabajo cada vez más barata. Y, matando dos pajaros de un tiro, esta competencia descarnada en el mercado laboral, ha estimulado un profundo sentimiento insolidario en la clase trabajadora de los países occidentales, que percibe a los proletarios de los países pobre no como hermanos de clase, sino como una especie de “esquiroles” que están poniendo en peligro su calidad de vida.

En esta situación de triunfo generalizado del capitalismo, las disputas entre grupos competidores dentro del sistema, ha vuelto a ponerse en el primer plano de las contradicciones sociales. El triunfo de George Bush, traducido al análisis en términos de “lucha de clases”, fue el intento de las corporaciones menos competitivas de USA para impulsar la utilización del poderío militar de su país, como herramienta para conseguir ventajas competitivas estrategias en el mercado mundial. El fracaso de la estrategia militar, ha acelerado el deterioro de la hegemonía económica de las compañías estadounidenses, que necesitan una redefinición de su estrategia global, para intentar frenar su pérdida de influencia.

Pero la situación no es nada prometedora. Una de las causas de la actual crisis, y lo que la hace diferente a todas las anteriores, es que es, en buena medida, producto de un desequilibrio estructural sin precedentes en el sistema capitalista. La producción, y por tanto “la creación de riqueza” se ha desplazado masivamente a países que no son los principales consumidores de los productos manufacturados. Esto ha propiciado un desplazamiento territorial de la riqueza y una recomposición del tablero estratégico mundial, en el que los viejos imperios de los siglos XIX y XX han salido notablemente debilitados. El intento de alargar el ciclo económico ha llevado a estimular la sobreproducción mediante un endeudamiento masivo de las poblaciones de los países occidentales, que ha utilizado no solo el dinero del que disponía, sino también el que supuestamente iba a disponer en las próximas décadas, hipotecando el margen de maniobra para un razonablemente rápido proceso de recuperación de la capacidad de consumo. Los países consumidores no disponen ya de liquidez para seguir consumiendo, sus industrias han sido desmanteladas o son obsoletas y se van a cerrar de manera masiva, y los nuevos productores van a sufrir un parón de alcance impredecible.

¿Cuáles son los caminos que tiene el sistema para iniciar la recuperación?

Cualquier vía de salida pasa por una revolución tecnológica masiva que renueve radicalmente las bases del sistema productivo. Pero eso no se puede producir de una manera rápida en las actuales circunstancias. Habría que destruir masivamente el aparato productivo para sustituirlo por otro. El capitalismo ha resuelto históricamente este problema con las grandes guerras en las que todo quedaba asolado, seguidas de una reconstrucción masiva en la que era posible poner en pié un largo periodo de prosperidad, bajo nuevas bases tecnológicas. Pero en la era atómica una guerra de esas características significaría casi con total certeza el fin de la estancia de la humanidad en la tierra.

Debemos pues prepararnos para una crisis de ciclo largo, en la que muchos de los frágiles equilibrios que se han fraguado en los últimos años van a saltar en añicos. La apuesta por la “política Obama” parece indicar que la mayoría de los sectores en la clase dominante de Estados Unidos reconocen que la estrategia militarista no puede ir mucho más lejos sin hacer uso de la fuerza nuclear, y apuestan provisionalmente por una recomposición de las alianzas. Pero Estados Unidos no está en disposición de ofrecer grandes dividendos económicos ni políticos a sus posibles aliados. La dinámica de división y enfrentamiento entre las potencias imperialistas se va a acentuar en los próximos años, en un intento de redistribuir el mercado mundial a su favor, ante la debilidad creciente de la potencia hegemónica durante los últimos 60 años. La gran crisis de 1929 no se resolvió en gran guerra hasta once años después. ¿Cuánto tardará una de las potencias en liza en considerar que se dan las condiciones para poder salir victoriosa de un enfrentamiento global, incluso utilizando la potencia nuclear?. Difícil de predecir, pero en absoluto descartable.

¿Qué papel puede tener el movimiento “antiglobalización” en este periodo?

Lo que llamamos “movimientos antiglobalización” es un impulso de resistencia poco organizado que ha calado en amplias masas de la población, tras la debacle de los grandes partidos estalinistas, y ante la falta de proyectos políticos referenciales dentro de la izquierda. En el futuro el tipo de luchas que deberán afrontar estos sectores van a tener perfiles más duros y definidos.

Los motivos para articular la resistencia de amplias masas no van a faltar. Las guerras se van a multiplicar. Los trabajadores van a ir al paro de manera masiva, la asistencia social a los parados se irá agotando y se van a producir rápidos procesos de descomposición social. Los profetas de la “seguridad” volverán a tener grandes audiencias ante el incremento de la pobreza y exclusión en amplias franjas de población. El frágil equilibrio ecológico del sistema va a hacer cada vez más insostenible la habitabilidad del planeta.

Con seguridad al movimiento de resistencia se va a incorporar cada vez más gente, arrastrada por la dinámica social que se avecina. El dilema es si de esta primera etapa espontaneiste en la que nos encontramos surgirán organizaciones estables y bien asentadas, con un proyecto social definido y una estrategia sólida y creíble para llevarlo a cabo.

Por ahora ni se atisba esa posibilidad.

Este artículo es una reflexión personal de un miembro del Foro Social de Almería como aportación al debate abierto sobre “el futuro del movimiento antiglobalización” que se lleva a cabo en el propio movimiento. Abrimos este espacio en Internet a cualquiera que desee publicar una aportación personal o colectiva que contribuya a enriquecer este intercambio de ideas.
(Envía tu artículo a: fsalmeria@gmail.com)

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